lunes, 4 de agosto de 2014

Chilena

-No me van a decir que no se acordaron de lo del Gordo, cuando hoy se cayó el Turco, en esa jugada, justo afuera del área-, dijo Angelito.
-Si, tenés razón, Ángel, ¿te acordás?- contesto el Loco. Enseguida se plegaron al recuerdo unos cuantos mas, mientras nos cambiábamos en el vestuario, después del picado de los jueves.
-Che, quien es el Gordo-, pregunto Martin, un pibe nuevito que vino de la mano del Tumba, que la mueve bastante, y la verdad que siempre viene bien sangre joven, que corra, mientras los demás a esta altura, jugamos con la cabeza, más que con las piernas.
-¿Vos no lo conociste al Gordo?-, pregunta Ángel-.
-Y, no, ¿como querés que lo conozca si lo del Gordo fue hace como tres años y este recién llega?-,  interpela con su habitual amabilidad el Morsa, impresionante marcador central, que solo con pararse en el trayecto del delantero contrario, aborta cualquier intento de amague, revoleando hombre y pelota como si fueran una unidad indisoluble.
-Contalé, Angelito, contalé- anima el Tumba. De inmediato se produce un profundo silencio en el vestuario, todos agachamos la cabeza y dejamos de guardar la ropa en el bolso, de ponernos desodorante o cualquier otra cosa que estuviéramos haciendo, dispuestos a escuchar nuevamente el relato de Angelito.
- Me acuerdo como si fuera hoy. Estábamos jugando en la cancha de Paternal, ¿te acordás, Morsa?, esa que teníamos que entrar por  un pasillo larguísimo al fondo, parecía que pasábamos a la otra manzana de tan largo que era-.
-Hacia un calor importante. Fue a fines de marzo, pero igual se sentía fuerte el calor. Empezamos a repartir los equipos, y como siempre el pobre Gordo quedaba para el final. Entre que estaba gigante y siempre había sido de madera, no lo quería nadie en su equipo. Finalmente le toco con nosotros, y Carlitos estaba a las puteadas, porque no quería de ningún modo jugar con él. Lo mandamos al arco que en general era el puesto donde se mandaba menos cagadas.
Pero ese día estaba claramente descoordinado. La pelota le pasaba entre las piernas, le rebotaba en la cabeza y entraba, le doblaba las manos y entraba, se tiraba y no se levantaba ni para el segundo tiempo, un desastre. Para colmo Carlitos lo volvía loco, lo carajeaba, lo cagaba a pedos y el Gordo incólume se las bancaba todas.

En un momento decidimos que saliera del arco, antes de que Carlos lo cague a trompadas.  Lo mandamos de punta, porque si lo dejábamos abajo era capaz de hacer goles en contra.
Decí que ese día los demás estábamos inspirados, y no nos sacaron mucha ventaja, con decirte que faltando cinco minutos, y sin el Gordo en el arco, empatamos.
En el último minuto, ya cuando el de la cancha venia a sacarnos, estábamos defendiendo nuestro arco, casi colgados del travesaño, menos el Gordo que se había quedado tomando mate con el arquero contrario y ninguno del otro equipo se había quedado a marcarlo, total no valía la pena. Te imaginas a esa altura no podía ni moverse. En eso un rebote de nuestro arquero sale despedido justo a la puerta del área contraria, exactamente donde estaba parado el Gordo.
Todos seguimos la trayectoria de la pelota, y vemos que el Gordo medio que se acomoda, levanta la cabeza, saca pecho, la para con la parte de arriba de la panza y la pelota sale levemente para arriba y adelante, y en el preciso momento que creemos que ahí se terminaba el partido, el Gordo, se tira para atrás, levanta la pierna izquierda y en un movimiento impensado en una mole de ciento veinte kilos, se sostiene en el aire, como flotando y le pega de lleno con el empeine del pie derecho, en una chilena admirable, digna de Francescoli, y la pelota va directo al ángulo superior derecho del arco. Increíblemente el arquero se estira como nunca, llega a tocarla y la manda al córner.
Todavía sorprendidos de la jugada, vemos al Gordo, que todavía estaba tirado en el piso. Uno grita en tren de joda, -¡¡¡Médico, llamen a la ambulancia!!!-, otro dice –¡No mejor traigan la grúa!-, seguido de exorbitantes carcajadas.
El primero que llega para ayudarlo a levantarse, es Carlitos, pero no puede, lo sacude y el Gordo no dice nada, no abre los ojos, nada, esta como desmayado. Sigue tratando de reanimarlo como puede, hasta que el Gordo, por fin, abre los ojos y con un hilo de voz, pregunta:- ¿Fue gol, Carlitos…, fue gol. Viste que yo también puedo?-. Y Carlitos, todavía no sabemos porque, le responde –Si, Gordo, fue un golazo.¡¡ Ganamos, Gordo, ganamos!!-.  Al Gordo se le dibuja una sonrisa inmensa en la cara, y sin más, cierra los ojos.
Para cuando llegó la ambulancia, ya estaba muerto. Nunca supimos si fue el golpe que se dio contra el piso, si fue un bobazo, o que, la cuestión que el tipo quedo seco en la cancha.
-¿Y con Carlitos que pasó?, a ese tampoco lo conozco-, dice Martín.

-No sé, no sabemos, no vino nunca más, ni contesto ningún llamado, anda a saber capaz que le pego tan fuerte, que nunca más quiso venir. Anda a saber-

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