lunes, 8 de julio de 2013

Sicario

A pesar de estar a plena luz del día, cruzó el jardín delantero sin que nadie reparara en su presencia. Esquivo el triciclo que estaba tirado en el camino de entrada y encaro hacia la puerta principal.
Había hecho bien su trabajo de inteligencia y sabía que la puerta quedaba sin llave, luego de que entrara la mucama.
Estaba preparado  para cumplir con la misión que le había encomendado Fozzie “El Oso”, el hasta ahora mas duro de los lideres de la facción de “Los Orcos”, llamada así en honor a sus fundadores, grandes guerreros, expertos en el manejo de puñales envenenados, a quienes el destino los llevo a ser finalmente abatidos en batalla.
Era necesario vengar a  Joseph “El Mercenario”, caído en una emboscada pergeñada por la pandilla de “Las Muñecas”, fieras amazonas que no dejan títere con cabeza.
Estas dos bandas, “los Orcos” y “Las Muñecas”, eran,  por lo menos desde que tiene memoria, enemigos irreconciliables.
Abrió sigilosamente la pesada puerta de madera, atravesó el hall y comenzó a subir la escalera, camino al primer piso, donde se encontraba su objetivo.
Llevaba en su mano derecha el arma con la que pensaba completar su cometido. Recorrió con la yema de los dedos el filo, confirmando nuevamente que era la herramienta indicada. La había elegido después de evaluar cuidadosamente el modo de llevar a cabo el trabajo, su experiencia lo hizo concluir que sería la más adecuada para realizar limpiamente la tarea.
Transitó el largo pasillo, hacia la puerta de la habitación donde se encontraba su víctima, quien ignorante de lo que le sucedería en un momento, disfrutaba de un merecido descanso.
Se paro frente a la puerta correcta y lentamente la empujo hacia adentro.
Desde el vano, comprobó, que ella estaba sentada frente a la ventana, de espaldas a la entrada y avanzo sin hacer ningún ruido, hacia la dorada cabellera.
De un zorpazo, estuvo sobre el blanco, la tomo del cuello y de un solo y limpio  movimiento, termino su labor.
Sin mediar casi un instante, escucha un grito confundido entre sollozos, proveniente del pasillo, un grito que nunca hubiese querido escuchar, un grito que le auguraba las más terribles consecuencias,
-¡¡¡Mamáááá, Nicolás, le corto el pelo a mi Barbie!!!-