Todavía me parece increíble estar encerrado en esta celda, esperando ese maldito juicio. Ya perdí la noción del tiempo que hace que estoy acá.
Tienen que estar equivocados. No es posible que haya hecho lo que ellos dicen. Seguramente, cuando los jueces me escuchen, van a entender que yo no pude haber sido.
No puedo haber matado a María, si era mi amor, mi tesoro, mi vida entera. Tampoco a ese muchacho del que no conozco ni el nombre, y que ellos dicen que era con él, que María me engañaba.
Es imposible, ella nunca me traicionaría. De ninguna manera María seria capaz de engañarme, a pesar de que hemos tenido nuestras discusiones, jamás haría algo así. Esto mismo se lo dije a mi abogado, el me dijo que me quede tranquilo, que ya tendría oportunidad de defenderme cuando comience el juicio y que íbamos a encontrar una manera de llegar a la verdad.
¿Cuanto hace que no viene a verme el doctor? Ya debería venir a decirme cuando empieza el juicio. Tenemos que estar preparados. Mamá me dijo que me iba a traer mi traje azul, el del casamiento, para ir al juzgado vestido decentemente, pero... ¿de eso cuanto tiempo pasó? Creo que ya debe haber sido como un mes atrás, y todavía no tengo noticias. En el próximo turno voy a llamar por teléfono. Me preocupa que esto demore tanto.
Alguien se acerca a mi celda, ojalá sea el aviso de una visita, mi abogado o mi vieja, que viene a traerme el traje.
-Ernesto, vamos que es la hora de tomar un poco sol, vamos viejo, que el día esta lindo.-
Que pena, no es una visita, es nada más que la hora del patio.
Intento levantarme pero mis piernas no me responden. Hago un nuevo esfuerzo, pero es en vano. Miro con detenimiento donde estoy sentado, y resulta ser una silla de ruedas. ¿Qué hago en silla de ruedas?
-Vamos abuelo, déjeme que lo empuje, que anda queriéndose levantar de la silla. Mire si después de tantos años, va a caminar-
¿Cómo “tantos años”, que dice este tipo? Me miro las manos, y veo unas que no son mías, huesudas, amarillentas y arrugadas.
En el camino hacia la puerta, cruzo delante del pequeño espejo inclinado que hay sobre el lavatorio de la celda y refleja la imagen de un anciano que no alcanzo a reconocer. En ese momento dejo de escuchar el bullicio sordo de la cárcel, tampoco escucho lo que dice el guardia que empuja mi silla. Lo único que escucho es un grito, mi grito, ahogado y profundo de desesperación.